A la orilla del Pretil

Autora: Dolores Pérez Pérez

Somontín tiene un Balcón
que le llaman El Pretil:
se ve la sierra de los Filabres
y los coches por Los Olivos venir.

Cuatro pasos más allá,
la avenida de Los Álamos,
donde los viejos refrescan
viendo los niños jugando.

Por la calle del Pilar
vamos a la Plaza del Santo,
donde todos los domingos
allí ponen el mercado.

Un poquito más arriba
está La Asomaica,
donde está el deposito del agua
que desde el pueblo se divisa.

Detrás de La Asomaica
está la Fuente de los Haces,
donde pasan buenos ratos
todos los veraneantes.

Que bonita está La Sierra
con sus pinos y sus collados
y andando bajamos
a la calle del Barrio Santo.

Bajamos a Las Peñicas,
tomamos hacia Los Liberillos,
a beber el agua fresca
del cortijo de los Conchillos.

Subimos a Las Toscas,
tomamos hacia La Agüilla;
debajo de los pinos
se encuentra la fuentecilla.

No podemos dejar de ir
a la fuente de Los Caños
y tomarnos unas copicas
en el bar de los jubilados.

Hemos hecho un recorrido
por las fuentes de Somontín
y de nuevo nos encontramos
a la orilla del Pretil.

Homenaje

Este pequeño homenaje es para alguien que nunca lo podra leer, para alguien que desde otra dimension vera como su hijita se convierte en una mujer honesta y noble como lo fue su madre, para alguien que va a pasar una larga temporada dentro de la cabeza de todo el pueblo y de muchos de los que estamos afuera, alguien que te hace plantearte como vivir la vida porque nunca sabes donde esta el fin, aunque ella si lo sabia, alguien que era tan bella por dentro como por fuera, basta con irse pasa que a uno lo alaben pero en tu caso no es por irte, es porque te lo has merecido, por ser buena hija, buena hermana, buena amiga, buena esposa y por muy poquito tiempo buena madre. En mi nombre y en el de todo el que se quiera sumar ¡¡¡HASTA SIEMPRE MARIA ISABEL!!!

Primera nevada de este invierno en Somontín

¿Alguien recuerda haber visto nieve en Somontín en el mes de noviembre?

Pues este año es posible.

Ayer jueves, 27 de noviembre, amaneció como podéis ver en estas fotos que nos ha mandado Antonio Azor, que está siempre antento a darnos información "fresca" de nuestro pueblo. Muchas gracias.

Para ver todas las fotos y con un tamaño mayor sólo tenéis que ir al Álbum de fotos.

Los Santos

Sin saber muy bien por qué, costumbres propias de otras culturas llegan a nuestros pueblos y acaban suplantando a las nuestras.

No estoy seguro, porque hace muchos años que no estoy en los primeros días de noviembre en Somontín, pero con bastante probabilidad, la noche de Halloween con sus disfraces tétricos es mucho más conocida para los niños y jóvenes somontineros que lo que hacían sus padres esa misma noche no hace demasiado tiempo.

El domingo antes del día de Todos los Santos, 1 de noviembre, el grupo de niños que habitualmente hacíamos de monaguillos en misa, que éramos casi todos los que había en el pueblo entre 6 y 15 años, salíamos de casa en casa pidiendo dinero y repartiendo agua bendita con la consigna de la Santa Paz (nunca llegué a saber exactamente de qué se trataba).

No daba la colecta para invertir en bolsa, pero sí para que don Luís Mesas comprase unos kilos de castañas, unas tabletas de chocolate de hacer, algún boniato o simplemente unos bollos de pan de aceite, con lo que cenábamos la noche del 31 de octubre y nos llenábamos los bolsillos para llevar a casa.

Esa noche era especial. La pasábamos en la iglesia, entre la sacristía y el campanario, tocando a muerto. Sí, tocábamos las campanas con el ting-tiang que acompaña a las misas de difunto o avisa de la muerte de alguno de nuestros paisanos. Pero de noche y durante horas. En mi época, hace unos 35 años, a eso de las 12 de la noche parábamos y nos volvíamos a casa, sin embargo me cuenta mi padre que en la suya estaban toda la noche tocando.

Para los que estábamos allí era una fiesta, que casi siempre acababa en película de terror cuando, a los más grandes, se les ocurría empezar a contar historias de miedo.

En aquel tiempo y con nuestra edad no estábamos acostumbrados a ver cine de terror; alguna película a lo sumo, de serie B en blanco y negro, cuando no tenía rombos. Sin embargo, la imaginación no necesitaba demasiados motivos para que una historia fuese realmente escalofriante en aquel ambiente.

Sólo hace falta ponerse en el lugar de una docena de críos dentro de la iglesia, de noche, con el sonido de las campanas de muerto de fondo y alguien explicando una historia que había escuchado contar a sus abuelos, mientras el gracioso de turno apagaba la luz.

Ahora, por mucho menos llevamos a nuestros hijos al psicólogo.

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