Usos y costumbres

Para medir el aceite, se usaban vasijas de medidas de capacidad, no de peso, que de menor a mayor eran las siguientes: 4 onzas, 1/2 libra, 1 libra, 1/2 cuarterón, que equivalía a 3 libras, 1 cuarterón y la mayor que era de 1/2 arroba.

Se acostumbraba a tener en cada casa una vasija de barro, de forma cilíndrica y ovalada, abierta por una boca de entrada en su parte superior, dedicada a almacenar el aceite, que se llamaba “el cuezo”, de una capacidad variable, al que con cada cosecha se procuraba llenar, para paliar las necesidades de cada familia a lo largo del año.

Para el grano, se empleaban las siguientes medidas de capacidad: 1 cuartillo, 1/2 celemín, 1 celemín, 1 cuartilla, que equivalía a 3 celemines, y por último 1/2 fanega, ya que no existe otra mayor.

Como dato a destacar, hay que decir que para medir grano de raspa: trigo y cebada, las medidas había que hacerlas rasas, o sea que las medidas se llenan colmadas y luego había que pasarles la rasera, para que diesen la medida exacta, los demás granos, los de cáscara o vaina, se miden colmados, o sea llenos hasta arriba: con colmo, todo lo que quepa en la vasija, a este género pertenecen los garbanzos, judías, lentejas, habas, etc.

En el cargamento, para el transporte en las caballerías del aceite, se utilizaban los pellejos o “colambres”, éstos eran de piel de cabra, pero tenían que ser de un animal sano y que no hubiera parido ninguna vez, estos pellejos se revolvían y se ponía el pelo hacia adentro, después este pellejo se metía en otro ya en desuso, pero con el pelo hacia fuera, para protegerlo de algún que otro restregón, que se le pudiera dar, en su tránsito por los caminos por donde se pasaba.

Los pellejos tenían una capacidad aproximada de entre cuatro a cinco arrobas y para su transporte y carga, tenían que estar bien llenos, para que no se moviera mucho el aceite y así darle mayor equilibrio y fijación. Se amarraban con unas cuerdas de unos 10 ó 12 metros, a estas cuerdas se les llamaba “Lias”, puesto que eran para liar fuertemente el pellejo y así poderlo manejar con facilidad al subirlo hasta el lomo del animal, fijarlo y amarrarlo de tal manera, que pellejo y bestia hicieran un solo cuerpo.

Se cargaban dos pellejos en cada transporte, de ocho a diez arrobas, aproximadamente unos 100 kilos de peso por cada animal.