Una jornada de trabajo

La jornada de trabajo se solía hacer de dos maneras, los que explotaban un pozo o mina, se ponían de acuerdo en como trabajar, para sacarle más y mejor partido a su labor, dependiendo de sus necesidades o disponibilidad de tiempo.

La manera más común consistía en hacer una media jornada, la que se daba por finalizada aproximadamente a medio día, para ir a comer a casa en el pueblo y luego, proseguir por la tarde haciendo las labores propias del campo, casi todo el mundo tenía tierras de labor y animales a los que había que cuidar y sacar el máximo rendimiento, y la otra era, el comer a pie de pozo o mina, hacer un pequeño descanso y seguir picando, sacando talco hasta el atardecer, que se volvía a bajar al pueblo.

Por la mañana bien temprano, a eso de las 05.00 o las 06.00 horas de la mañana, nos levantábamos: un par de manotadas de agua bien fría a la cara para despejarse, preparar el carburo y la merienda o comida, y como primer alimento, para empezar el día, algo ligero, por ejemplo: 2 huevos crudos en un vaso de vino del país y adentro, esto era una de las cosas que solíamos tomar algunos, ya que su preparación e ingestión era rápida y poseía una buena cantidad de nutrientes y proteínas, en los días de mucho frío, según como pintaba la cosa, yo creo más para despejarse y calentar el cuerpo de manera artificial, si se tenía, un vasito de aguardiente del “tío Pepe Castellón”, te ponía las pilas y te quitaba el miedo a salir a la calle, y para arriba vamos.

Casi todos partíamos a buscar y juntarnos con el compañero o compañeros, para hacer el camino más ameno, y conforme íbamos subiendo las empinadas calles del pueblo, los grupos se iban haciendo más numerosos, para tomar la Calle la Sierra, subir por el camino de los Olivos de Bernabé, hasta desaparecer por la Somaíca, para enfilar la Cuesta de los Perigallos y darnos de bruces con el saludo matinal del petrificado e impertérrito, frío y venerado Picachegarre, hoy desaparecido, molido por los de la gravera, sin ninguna clase de miramiento ni compasión, hacia un monumento natural, referente y muy significativo para los somontineros, tras el Picachegarre nuestros ojos se encontraban con la abertura y esplendidez de una sierra llena de agujeros, que como un panal de abejas, nos ofrecía su más preciada riqueza, por su laderas emanaban los restos de la chiscarra y los desechos de sus pozos y minas, en torno a la cual, nos íbamos cada uno colocando en su lugar de trabajo con una gran armonía, para continuar con la labor emprendida el día anterior, había además un buen compañerismo, una gran solidaridad y sobre todo hermandad, todos sentíamos aquello era nuestro, era nuestra vida, nuestra riqueza, nuestro gran tesoro y como buenos hermanos, los somontineros, nos respetábamos y repartíamos todo los que nos ofrecía la sierra.

A media mañana, sobre las 09.00 ó 10.00 horas, según como fuera el trabajo, hacíamos una parada y nos disponíamos merendar nuestro exquisito manjar, una merienda compuesta por un poco de pan, chicha, higos secos, almendras y poca cosa más, y a seguir con la jornada hasta el medio día, sobre las 13.00 horas aproximadamente, era la hora de finalizar, los que se quedaban para continuar por la tarde, sacaban su comida, que consistía en algo más fuerte que la merienda: alguna fritada, huevos cocidos, tortillas, o algo que permitiese su conservación y que aportara las energías necesarias para seguir con el duro trabajo, hasta que el sol comenzaba a decir adiós, y los que acababan sobre esa hora, recogían los bártulos y a caminar para el pueblo, a comer a casa, descansar un rato y a preparar las bestias, que en el campo había faena que estaba esperando.

Cuando se había tenido suerte en la jornada, y se conseguía llegar a una buena veta y sacar una abundante cantidad de jaboncillo, era muy corriente entre los compañeros de trabajo el convidarse, pasar por casa de uno o de otro y tomarse un vasito de vino, había que celebrar la buena suerte y compartir la alegría, más tarde al entregar el jaboncillo, las ganancias del mismo, se repartían a partes iguales.