Las minas y pozos de talco

Nuestra Sierra desde siempre ha sido un bien comunal, propiedad del municipio: de todos los somontineros, todos los hijos del pueblo tenían derecho a su riqueza, por esto cuando comienza la explotación de la extracción del jaboncillo, prácticamente la totalidad de los habitantes del pueblo se dedican a desarrollar este trabajo, puesto que en un principio, a mediados y finales del siglo IXX y principios del XX se conseguía sacar muy fácilmente, puesto que estaba a flor de tierra, como en el Taritatron, los Laborcicas, el Rendío, el Zagal, el Trabajaero, los Golondrinas, que labrando con un arado romano lo sacaban, pero con el tiempo estos medios tan fáciles se fueron terminando.

Aproximadamente por el año 1920, se comienza una nueva forma de trabajo, como por ejemplo hacer algunos pozos y abrir algunas minas, como la mina Dura de unos 40 metros, la Larga de unos 100 metros, la Teja de unos 80 metros y la más importante en el Benerito: el Pinato de unos 150 metros de largo, hubo otras minas de menos importancia que sus propietarios fueron abandonando su explotación, se cansaban de trabajar ante la poca producción y rentabilidad que daban, una vez abandonadas por sus propietarios, éstas podían ser ocupadas por nuevos mineros que intentaban tener mejor suerte.

Una de las causas más frecuentes, por las que se decidía también el abandono de una explotación minera, era el encontrarse a menudo con filtraciones o vetas abundantes de agua, que hacían imposible seguir adelante por ese camino y había que buscar otro por donde seguir accediendo al filón o veta, por lo que se tenía que abandonar y proceder a picar otra entrada para encontrarle por otro lado.

En la mina el Pinato no pasó lo mismo, casi siempre perteneció a la familia Benigno, hasta que un día, por ser mayor el padre, decide venderla y la compramos José Galera Lucas “el Hornero”, Juan Fernández “Mangurrino” y el que os relata el presente artículo: Baldomero Oliver Navarro “el Rulo”, con el tiempo el jaboncillo se fue agotando y voluntariamente la abandonamos y tuvimos que emprender, allá por el año 1964, el camino que siguieron una gran cantidad de somontineros, el de la inmigración a Alemania, para buscar mejores perspectivas de futuro y mejores condiciones de vida.

La explotación de los pozos de talco comienza a realizarse en el Cerrillo, los que dieron bastante y abundante material y muy fácil de sacar, pues su profundidad no pasaba de los 15 metros y todo el material que se sacaba era de una calidad buenísima, de un blanco limpio y puro.

En Somontín se utilizaron dos formas de extracción del talco: la vertical, o sea el pozo y la horizontal: la mina, se organizaban en grupos o collas de obreros que podían ser desde parejas hasta un número indeterminado de hombres.

Los pozos se comenzaban a descubrir a partir de una entrada o boca totalmente redonda y a cielo abierto, que podía tener aproximadamente entre 1’5 a 2 metros de diámetro y se seguía picando con esta misma anchura, hasta que se llegaba a su agotamiento.

Los primeros pozos que se cavaron fueron el del “tío Sordillo”, padre de María Acosta, que aún vive a caballo entre Granollers y Somontín, el hombre tuvo muy mala suerte, murió aplastado por un liso que le cayó mientras trabajaba, allá por el año 1925. Otro de los pozos importantes fue el del “tío Pedro Candelas”, del cual aún vive en Mallorca su hijo Antonio “el Candelitas” que ya pasa los 92 años. También fueron importantes el pozo del “tío Cachelas”, el pozo la Carpa, pero el que se llevó la palma de todos entre los muchos que hubo, fue el del Cortijillo, propiedad de Anselmo Echeverrías, que reunía unas condiciones idóneas para trabajar, ya que para ello se construyó un habitáculo, para proteger a los trabajadores del calor tórrido del verano y del frío y viento en invierno, y así poder sacarles mayor productividad. El cerro donde estaba enclavado tenía unos 300 metros de largo por otros tantos de ancho.

Cuando se agotó el Cerrillo, la explotación siguió hacia arriba, subiendo al Cerro Gordo, donde las condiciones de trabajo empeoraron, por el desnivel del terreno, los pozos se tenían que hacer más profundos, algunos como el pozo los Cinco, llegaron a tener una profundidad de unos 45 metros, en este pozo desgraciadamente, también hubo otra víctima mortal: José “el Pizo”, era un 12 de agosto del año 1952, cuando estaba bajando al pozo para iniciar su labor de minero, se rompió la cuerda que le sujetaba al torno, precipitándose al vacío y estrellándose en el fondo del pozo, fue rescatado y aún se agarraba a la vida, pero poco después, cuando era llevado al pueblo falleció, no pudiéndose hacer nada por él; otros pozos de gran profundidad fueron el pozo Falange, el Sequero, el de los Zurdos, el Gorrión, los Aburrios, el de los Padillas, los Nanos y muchos otros.

También voy a citar otros dos accidentes muy graves, pero que no llegaron por suerte a ser mortales, fueron los que sufrieron en primer lugar Anselmo Oliver Azor “el Beta”, era por Semana Santa y quedó atrapado durante 3 días, bloqueado por una roca que le cayó encima, que al final pudo ser levantada para poderle sacar; el otro accidente fue el que sufrió Amador Mesas “el Pizó”, allá por el año 1959 aproximadamente, cuando trabajando en una mina al pié del Cerro Gordo, le cayó encima un liso de laja, lanzándole hacia delante y aplastándole la columna vertebral, Amador pudo ser rescatado y tras pasar un largo y duro periodo de recuperación, aún vive hoy y puede contarlo.

En estos pozos, debido a su profundidad, tuvieron la suerte de encontrar jaboncillo moreno a unos pocos metros antes de llegar al blanco, pero la cosa se complicaba, ya que para llegar al blanco había que atravesar una capa de chiscarra muy dura de unos 5 ó 6 metros, con lo que había que echar mano de la dinamita para poder abrir paso y acceder el precioso y blanco mineral.

Para romper la roca, había que agarrar el marro y el puntero o barrera, hacer el agujero para meter el barreno, enchufar la mecha a la dinamita, pegarle fuego y salir lo más rápido que se podía, ya que había que reventar la roca a base de barrenos, cuando no había otro remedio y en ello, a veces nos jugábamos la vida, aunque en Somontín hubo algunos accidentes, pocos fueron tan dramáticos y lamentables como los tres anteriores a los que hemos hecho referencia.

Se llegaron a abrir vetas de jaboncillo moreno en el pozo la Falange, o en el de los Cinco, de una anchura que iba desde 25 centímetros a 5 metros, parecía que aquella riqueza no se acabaría nunca.

En el cerro de la Albarda se abrieron 2 pozos, que dieron una gran cantidad de jaboncillo: el pozo de la Culebrina y el Tardío, pero no en todos los pozos que se abrían se tenía la suerte de llegar al ansiado mineral, en este lugar el “tío Fernando Mollina” se puso a cavar un pozo, llamado de la Virgen de los Dolores, que llegó hasta una profundidad de unos 30 metros y no tuvo suerte, no sacó nada, trabajo, tiempo e ilusiones perdidas, los que trabajábamos en el Tardío, le dijimos varias veces que no gastase ni tiempo, ni trabajo, ni dinero, ya que la veta no corría en dirección a su pozo, le aconsejamos que bajase a nuestro pozo para que así lo viera y comprobara, al final nos hizo caso y al poco tiempo lo abandonó, tras haberse gastado bastante dinero, puesto que tuvo que emplear mucha dinamita en barrenos.

Otro de los cerros que dieron una gran cantidad de jaboncillo fue el Cerro de la Cruz, en el que tan sólo se realizaron 4 pozos: el de los “Cristinos”, el del “tío Chambas”, el pozo el Cemento y el pozo la Cruz, cuyos propietarios fueron Joaquín Jorquera, Ramón Clara y Trinidad Clara, hermanos, recuerdo que empezó su explotación sobre los años 1930 y el jaboncillo que se sacó de éstos, era de un blanco purísimo. Además en la falda del Cerro la Cruz hubo una mina muy buena, que fue la de Serafín Cañete y el pozo la Terrera.

Por los años 1960, Somontín sufre una gran salida de emigrantes del pueblo, que se van en busca de nuevos horizontes y esperanzas de mejora, que encuentran en los países europeos, principalmente Alemania y Francia, a donde mayoritaria y paulatinamente se van marchando y por consiguiente también abandonando la explotación de las minas y pozos de talco, por esta década también se había comenzado a notar el agotamiento de recursos y cada vez era más difícil su localización y extracción, por tanto era lógico que con la nueva posibilidad de salir, los mineros se arriesgasen, ya que su trabajo no se veía recompensado y en Europa se podía ganar más en un mes que en Somontín en un año, no se perdía nada con probar y así comenzó el declive y la caída de nuestras minas y pozos.

Pero unos pocos aguantaron hasta el final, entre éstos estaban Juan Resina Pérez (nacido en 1919), su hijo y su cuñado Juan “Chimeneas” Vicente Mora, que desde muy niño, había trabajado toda su vida en la sierra haciendo catas en el Benerito, y ante tan poca producción, ya estaba cansado y aburrido, entonces decidió cambiar de sitio e intentar mejorar su suerte, buscó por toda la sierra, haciendo catas por aquí y por allí, que casi nunca pasaban de poco más de 1 metro, hasta que un día dio el golpe que todos los mineros hemos buscado a lo largo de nuestra vida. Corría el año 1965, en el Cerro del Aguila hizo una gran cata y enseguida afloró el jaboncillo, siendo una de las minas que más jaboncillo ha dado en Somontín y por supuesto, la última que pudo dar una gran riqueza a sus descubridores, un gran regalo y un mejor final, como epílogo a la explotación de las minas por parte de los somontineros.