2004 - Ramón Navío: Somontín, historia y sentimiento

En los primeros siglos de la era cristiana, ya en plena decadencia del Imperio Romano, un pobre hombre cambiaba, por una almostrá de sal, una carga de tomillo y romero a los mercaderes que venían del este por el camino del río. Cuando alguien le preguntó que de dónde era, nuestro amigo contestó señalando hacia lo alto del cerro “Summus Montis”. Nadie podía imaginar en ese momento que el nombre que estaba dando a aquellas cuatro casas que había alrededor de una fuente llegaría en el futuro a levantar pasiones en tanta gente.

Una pasión por Somontín que hace que unos volvamos cada vez que podemos, que otros tengan ya anotado en su almanaque las fiestas de San Sebastián hasta el 2020, pase lo que pase, que muchos animen a sus amigos a visitarnos, que a casi todos los que vivimos fuera nuestros compañeros de trabajo y nuestros vecinos no nos pregunten a dónde vamos de vacaciones sino que nos digan “que os vaya bien por Somontín”. Una pasión por nuestro pueblo que hace que, cada vez más, nuestros jóvenes decidan quedarse a vivir aquí, donde muchas personas trabajan cada día para hacer un futuro mejor, a cambio, muchas veces, de alguna que otra irritación. Una pasión que no ciega, que hace que seamos conscientes de que éste no es el mejor lugar del mundo, pero que nos engancha, como la liria a los colorines.

Estaban nuestros paisanos acostumbrados a ver pasar por la ruta del río a gente de aspecto estrafalario. Pero nunca tanta como en aquel año 713, cuando llegaron unas gentes altas, de tez morena y ropajes brillantes. La vida en Somontín, todavía llamado “Summus Montis”, era muy dura. La tierra de cultivo era escasa, apenas unas paratas entre las riscas al lado de algún chortal. La principal fuente de vida era la Sierra, ¡siempre la Sierra!: esparto, tomillo, romero, espliego y, sobre todo, conejos, liebres y perdices. Los escasos habitantes de nuestro pueblo se ilusionaron pensando que aquellas gentes, que llegaban con nuevas ideas, serían capaces de ayudarles a cambiar sus vidas. ¡Y lo consiguieron!. Cuando partieron de esta tierra dejaron tras de sí, entre otras muchas cosas, cientos de bancales, balsas, acequias, casas frescas, molinos y almazaras.

Esa misma ilusión nos ha de permitir ahora a los somontineros del siglo XXI pensar que podemos mejorar nuestro futuro. Abrirnos a las ideas nuevas, a las nuevas gentes que vuelven a acercarse a nuestras tierras, a las nuevas tecnologías que nos amplían el horizonte. Unidos, sin ideologías que nos separen sin razón. Tenemos que ser capaces de aprovecharlo todo, como en las matanzas, donde nada se tira, y sobre todo saber aprender de lo nuevo.

Pasaron los siglos y, poco antes de que una nueva cultura cambiase de nuevo nuestro pueblo, pasado el año de 1550, a aquellos somontineros moriscos que continuaban creyendo en Alá se les obligó a levantar una iglesia y a buscar a unos maestros mozárabes para que la adornasen con un magnífico artesonado de madera. A muchos les costó más de una lágrima ver como sobre los muros de su mezquita se levantaba una iglesia cristiana. Después de ese duro principio, fue en esa iglesia donde arraigó una Fe que fortaleció los principios de los nuevos somontineros.

Esta Fe que ha hecho que seamos como somos. Para muchos, unas creencias que dan sentido a su vida. Para todos, la fuente de unos principios de respeto y generosidad. Principios trasmitidos de generación en generación. Enseñados por la lección de la madre y por el ejemplo del padre. Compartidos en el seno de la familia. La familia que continúa siendo la base de la sociedad de nuestro pueblo, con el respeto a los mayores y la, justa y cada vez mayor, participación de la mujer de igual a igual.

Tras la expulsión de los moriscos en 1572 sólo quedaron  golondrinas y gorriones. Todo desierto. Somontín existía pero sin somontineros. Llegaron unas cuantas familias manchegas y es a partir de ese momento cuando podemos decir que se forjan nuestras raíces. El carácter de los somontineros de hoy es el que ha ido haciéndose a partir de entonces. A partir de gente venida de todos sitios, de gente sin nada que perder porque nada tenía. Primero el agua de las fuentes y después el corazón de la sierra con su jaboncillo fueron como imanes para los que pasaban por aquí. Y siempre eran bienvenidos, bien acogidos por todos.

Y la acogida sigue siendo hoy un rasgo característico de los somontineros. Las puertas están abiertas para quienes quieren acercarse. Nuestros apellidos son de aquí y de allí. Los Garcías, Pérez, Martínez y Fernández, de Castilla, los Oliver y Domene de Cataluña, los Echevarrías del País Vasco,... Todos somos de fuera, pero todos somos somontineros. Hemos aprendido a lo largo de los años que si aceptas al que viene como es, acaba siendo de los tuyos y, además, tu cultura se enriquece con la suya.

Pero nada es eterno. Después de muchos años en que a Somontín viniese gente a ganarse el pan, éste empezó a escasear. Y hubo que ser valientes y dejar nuestra tierra para buscar un trabajo, muchas veces más duro que el de la mina o el del campo; siempre más triste. Estados Unidos, Argentina, Australia, Suiza, Alemania, Francia, otras tierras de España,..., cientos de pueblos, de ciudades, vieron llegar a somontineros en busca de una nueva vida. Hace falta valentía para hacer las maletas y salir del pueblo y sobrepasar, por primera vez en la vida, el límite al que alcanza la vista, con un destino tan oscuro como desconocido. Otra lengua, otra cultura. Y siempre pensando en volver, siempre con la esperanza de volver.

Y la esperanza de volver a nuestro pueblo no se pierde. Cada vez se están arreglando más casas y construyéndose nuevas para los que algún día marcharon. Y muchos seguimos manteniendo la esperanza de volver. No para pasar los últimos días esperando a que, una mañana en la Somaica, nuestras cenizas se agarren a la larga cola del viento Poniente. Sino volver pronto y tener tiempo para que nuestros hijos vean que hay otra forma de vivir, que no todo es prisa y ser el mejor, aunque sea pisando a un amigo, sino que se puede vivir y trabajar a otro ritmo, a nuestro ritmo. La esperanza es lo último que se pierde.

Que Somontín siga siendo este pueblo andaluz de calles empinadas, casas blancas y gente acogedora y que durante estas fiestas sepamos demostrar una vez más nuestro talante: apasionados, sensatos, responsables, con ilusiones nuevas cada día, valientes ante los retos del futuro y con principios sólidos. Pero sobre todo estos días,  alegres y fiesteros.

Somontín, 12 de agosto de 2004