La inocentada de don José María Marín en los años 50

DonJoseMariaMarin.jpgMuchos hemos escuchado de boca de padres y abuelos la inocentada que en los años cincuenta ocurrió en Somontín y que acababa con:

El cura y el alcalde
merecen diez mil palos,
porque a esta buena gente
la inocentada han dado.

Su autor,don José María Marín Miras (cura de Somontín justo en la mitad del siglo XX), relata en su libro Retazos de una historia en la Comarca del Mármol esta divertida anécdota:

“Un día de Navidad, el de los Santos Inocente, mientras deba a besar el Niño Jesús acabada la misa, se me ocurrió hacer la jornada festiva, dando una inocentada popular. Me inventé la llegada del Sr. Vicario de la diócesis, diciendo que venía para preparar la visita pastoral del señor Obispo, exhortando al pueblo a salir al “pretil” a recibirlo a las doce del día de la manera más entusiasta posible, a cuya concentración se avisaría con los tres toques de campanas como suele llamarse en los pueblos a las citas de los feligreses. Cuando se dio el segundo toque, ya estaba congregada casi toda la feligresía en el lugar citado, con la banda de música y el alcalde al frente de sus concejales, a quien previamente se lo había dicho para ver si le parecía bien y pedirle su cómplice colaboración; las gentes vestidas con sus mejores galas y algún que otro abrigo de piel, que en aquel tiempo apenas existían.

Cuatro jóvenes, uno de ellos vestido con mi sotana, cual si fuera el vicario, cabalgando en una mula, de la que tiraba otro, subían por la carretera, procedente de la estación de ferrocarril de Purchena. La gente comentaba: “Ya viene, ya viene”. Dos jóvenes llevaban bastante delante una pizarra del Grupo Escolar, con la siguiente inscripción, cuya letra explicaba la inocentada:

Los Santos Inocentes
al pueblo han congregado
a hacer recibimiento
al ilustre vicario.

El cura y el alcalde
merecen diez mil palos,
porque a esta buena gente
la inocentada han dado.

Cuando se dieron cuenta de ello, entre risas, la banda de música dejó de tocar las partituras de bienvenida, para entonar una célebre canción de aquel tiempo, “La Raspa”, a la que el pueblo le aplicaba la letra indicada con gran regocijo, mientras la seguían en un pasacalles, convirtiendo el día en una fiesta que duró hasta la noche.”

El “ilustre vicario” no era otro que Julio García, que desde encima de la mula repartía bendiciones sin que la gente le reconociese y José Navío (Pepe el Nano) el que tiraba del ronzal de la mula.

El fervor de la gente era tan grande que, ni siquiera leyendo lo que decía la pizarra, hasta bien avanzada la comitiva, agolpados alrededor del vicario y gritando “Vivas”, no llegaron a darse cuenta de la farsa.

Don José María había informado al alcalde de esta inocentada. También sabía de ella Francisco García, el Sacristán, porque de su casa salieron los jóvenes que la realizaron. Estos, hasta última hora no supieron de qué se trataba el encargo del cura.

Que casi nadie supiese de la inocentada sirvió para que fuese realmente efectiva, aunque a algunos de los personajes importantes del pueblo les sentó bastante mal.